Crónicas
Un homenaje a Silvia Castrillón en Noviembre Independiente
El arco de la vida de Silvia Castrillón: una cuerda tendida entre las divinas palabras y la torre de Babel... Libros.
Retrato de Silvia Castrillón. Foto: cortesía Silvia Castrillón.
Contenido

Silvia ha ido labrando su camino en la creación de políticas e instituciones de promoción de lectura y escritura; la reflexión crítica sobre el diseño y la gestión de bibliotecas públicas; la redacción y presentación de ponencias en eventos nacionales e internacionales; y la escritura de artículos y de libros sobre el tema.

A comienzos de los años 70 del siglo pasado tuve la fortuna de poder asistir con asiduidad a las incontables obras teatrales que acompañaron el masivo movimiento estudiantil y de maestros que, al lado de las luchas obreras y campesinas, sacudieron el país lanzándolo por lo que podría denominarse como una modernidad desbordada, después de haber sufrido el represamiento a sangre y fuego de la modernidad a lo largo del siglo XX, y abrieron las esclusas de la cultura nacional al torrente de revelaciones que desde las tablas nos permitieron asomarnos a los espejos deformados y reveladores de nuestra realidad.
 
Una de las obras más intensas y profundas que se montaron por entonces en Bogotá, en La Casa de la Cultura de la calle 12 con 3ª, fue Divinas palabras, de don Ramón del Valle Inclán, donde tuvo un lugar relevante Silvia Castrillón, a quien recuerdo con una batola blanca rutilando en medio del oscuro mundo de la banda de mendigos y truhanes que deambulaba con el carretón donde anidaba un niño deforme por la hidropesía, a quien explotaban apelando al miserabilismo de los devotos y feligreses. Una anticipación de muchos de los mecanismos en que hoy se apoya la cínica dominación de una derecha que promueve al mismo tiempo el miedo y el milagro como fórmulas de continuidad de sus orgías de estafa, violencia y opresión, en el mundo de la pobreza, las víctimas y la exclusión social.

 

 

Aquella muchacha encarnó a la joven Simoniña en esa pieza dirigida por Carlos José Reyes. Su candor la investía de un principio de verdad y de belleza en medio de la corte de los mendigos que al final de la obra se aprestaron, en el atrio de la iglesia, al linchamiento de una mujer acusada de adulterio. Pero esa corte macabra fue detenida por las categóricas palabras del Sacristán: “Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”; las cuales, al ser pronunciadas en latín, lengua que no entendían, tuvieron un efecto mágico y disolvieron la orgía de violencia de los mendigos exaltados, con una contundencia que sólo podría explicarse por su credibilidad en los milagros, y por el carácter sobrenatural de esas “divinas palabras”.

Ahora, cincuenta años después, cuando la vida me ha deparado conversar y conocer más de cerca aquella jovencita, aún rutilante desde sus actuales empeños editoriales y de promoción y celebración de la lectura y la escritura; y de haber visto cómo el país sigue cayendo en el pozo sin fondo de los taumaturgos, puedo intentar contarles cómo podría describir a vuelo de pájaro el arco de su vida profesional y personal, en una lucha de Sísifo que ha ido dejando hitos definitivos para superar esas oscuridades, y al mismo tiempo remontar la montaña de los sueños de nuestra generación. 

Se trata de un periplo de seis décadas, trazado desde los recintos de sus estudios de bibliotecología en la Universidad de Antioquia y de sus incursiones en las tablas del teatro, hasta la bella casa de Babel Libros, el actual espacio de encuentro para la lectura infantil y juvenil, y de todas las edades, al mismo tiempo barrial y universal en torno a la escritura, la lectura, la edición, la ilustración y la producción de libros como valores de uso primordial creados justamente para no creer en los milagros, sino en el pensar por sí mismo.

Silvia ha ido labrando su camino en la creación de políticas e instituciones de promoción de lectura y escritura; la reflexión crítica sobre el diseño y la gestión de bibliotecas públicas; la redacción y presentación de ponencias en eventos nacionales e internacionales; y la escritura de artículos y de libros sobre el tema, junto con la gerencia de procesos de enorme incidencia como los agenciados por Asolectura y Fundalectura, ambos de su creación. Su nombre evoca aquella torre a medio construir por quienes fueron condenados a hablar todas las lenguas para no entenderse mientras trabajaban, pero que, al estar acompañado de la palabra libros, encierra una gran ironía, múltiple y reveladora, como corresponde a una tarea de esas dimensiones. 

En un primer sentido, la ironía es múltiple porque su empeño, al lado de su compañera, María Osorio, está enclavado en el barrio de La Soledad, donde congrega semanalmente a niños de todas las edades a la fiesta de la lectura; y es reveladora porque su asunto es ayudar a comprender el mundo del destierro celestial, y a nosotros mismos, con base en el acto de leerse y de leerlo críticamente para cambiarlo y trascenderlo, durante y gracias al invento de un juego centrado en el diseño y la edición bibliográfica. Es decir, se trata de un tipo de lucha directa dedicada a forjar barricadas de palabras, como puentes sin los cuales sería imposible saltar por encima del abismo que se abre ante nosotros por la credulidad en el milagro, la incomprensión mutua, la avaricia, la injusticia y la violencia, como lo ilustran algunos de los títulos de sus libros y ponencias publicadas en muchos países, como los siguientes: Criticar un río es construir un puente: las bibliotecas como instrumentos de transformación social; De la mediación de la lectura o de cómo ir “más allá”; Hacer paz es hacer democracia: las bibliotecas como espacios para el diálogo o ¿Crea la biblioteca ciudadanos mejor informados? 

Allí están, pues, sus obras, circulando como hojas al viento de los árboles sembrados por ellas, también en sentido literal y figurado, pues además de esa fronda escrita, he podido disfrutar del murmullo del bosque que ambas han creado año tras año durante décadas en las montañas de Boyacá. Se trata de siete libros, un centenar de ponencias y de artículos, la traducción de varios libros y decenas de ensayos, y la edición también con María Osorio de los bellos y profundos catálogos de Babel Libros; además, entre muchas otras cosas, de la tarea como editora de las series de literatura infantil en la Editorial Norma, algunos de cuyos nombres nos lanzan a la trascendencia de las metáforas y del juego de palabras: Torre de papel, Chigüiro, Abrapalabra, Un mundo de cosas para mirar... 

Repasando ese itinerario de creación, sin duda me permito en este homenaje a Silvia, hacer la propuesta formal a las editoriales independientes, y por supuesto a las entidades públicas cuya responsabilidad se vería enaltecida y elevada hasta lo más alto de su misión respecto de la escritura y la lectura de los colombianos, y si se quiere, de los iberoamericanos, de hacer la compilación y publicación de la obra de Silvia Castrillón, a quien todos debemos leer en este relevo generacional que acontece en medio del asedio de los siniestros hacedores y creyentes de milagros.
 
Ejemplar, la vida de Silvia ha transitado por una verdadera parábola, en el doble sentido de relato vital y de metáfora, construida desde y para las palabras, orales o escritas, encerradas entre carátulas o abiertas con sus páginas como alas, dispuestas en las estanterías libreras y de las bibliotecas, o en las manos y ante los ojos de sus lectores, resonantes o susurrantes en la escena o entre bambalinas, o en el silencio de la lectura nocturna, pero en todo caso atesoradas y recreadas como hilos de Ariadna para descifrar el laberinto de la ciudad moderna, donde nos extraviamos por la pérdida intermitente y reiterada de los dioses del amor y de la esperanza colectiva. Allí su tarea ha sido como agua que ha caído y sigue cayendo sobre las semillas de la vida plena, en el suelo de la conversación de quienes fuimos condenados a hablar y a leer, es decir, a ponernos en el lugar del otro cuando nos desterramos a nosotros mismos del reino de las divinas palabras.

Ahora bien, más allá de ese itinerario admirable, habría que rescatar precisamente de qué está hecha la cuerda que ha templado ese arco durante todos estos años. Y por supuesto, no resulta difícil constatar que se trata de la ética de la alegría, del compromiso en torno a las causas colectivas, y de haber asumido la política como causa común para enaltecer el espíritu, levantadas desde la confianza en el ser, en la gente, en quienes desde los orígenes nos vemos abocados, literalmente, a hablar, a reconocernos en y desde la palabra, sea desde las primeras señales de llanto o de alegría buscando las respuestas maternas a nuestras necesidades más primarias, o en el compromiso mutuo y la responsabilidad dentro de la incesante lucha por la dignidad en un mundo mejor.

Nuestra generación, la de Silvia, llegamos a la primera juventud sobre el torrente de los vientos de cambio que soplaron en todo el planeta a partir de los años 60 del siglo pasado, y desde esa ola nos hermanamos en una idea del compromiso social, público, que en muchos casos pasó por el heroísmo de la lucha política directa, la creación de partidos y movimientos sociales y ciudadanos, o la lucha armada; y en otros, menos reconocidos, como el de ella, que sin ser indiferente a esas causas, asumimos una apuesta por ayudar a crear condiciones para la reflexión, la crítica, la superación de tantos ídolos que acompañaron y siguen acompañando esta sociedad, y por supuesto la lucha por otra sociedad no capitalista; lo cual nos ha enfrentado de modo muy especial y trágico a unas élites dominantes que son ejemplo mundial de violencia, corrupción, superstición religiosa y mentiras políticas.
 
Por ello, opuesta a los designios mesiánicos de quienes se proponen como salvadores, sean instructores o conductores, la cuerda de ese arco generacional se templó en el caso de Silvia, en la búsqueda de sentar las bases de la transformación de la sociedad y el Estado vigentes, ayudando a formarnos como sujetos plenos, como ciudadanos, además de informarnos, y a educarnos en el respeto por la vida y en el ejercicio de la responsabilidad pública. Es decir, esa cuerda se ha jugado su vibración, en la política en su más alto sentido, concurriendo a la creación de las condiciones de la libertad colectiva como capacidades sociales y culturales asequibles por todos desde la infancia.

Ahora, medio siglo después de haber escuchado a Simoniña enrostrar a los agresivos mendigos que no sabían a quién enterraban cuando se desentendieron del niño de la envilecida carreta, doy mi pequeño testimonio sobre el hecho de que, desde entonces, aquella joven se ha tomado un profundo desquite y ha dado un hondo mentís a la macabra lógica de quienes despreciaron y utilizaron aquel niño, y se dispersaron ante el milagro de las divinas palabras, abandonándose cada uno a la suerte de su ignorancia, en espera de un nuevo milagro. Aquella jovencita se volvió mujer dedicándose a formar y promover la lectura y la escritura entre los niños que todos hemos sido, y que algunos intentamos seguir siendo dentro del espíritu de la poesía y de la imaginación que nos dan los libros. 

Así, quizá solo un juego de palabras entre los muchos que Silvia nos ha enseñado a disfrutar, podría condensar el sentido de transformación de las saetas que sigue lanzando el arco de su vida, según el tenor de Edward W. Said, un autor de sus afectos: “El lenguaje es también el lugar donde podemos registrar con la máxima efectividad nuestro disenso con nuestro destino, mediante los ecos de sus usos figurativos, los juegos de palabras o las parodias, dejando que las energías vernáculas combatan las terminologías veneradas. El lenguaje es el único modo de sortear los obstáculos del lenguaje”. 

Es el juego de la potencia poética de Abrapalabra, que hace al mismo tiempo la paráfrasis de la mítica fórmula de “Abracadabra patas de cabra” más allá de la magia y del milagro, y se abre como un eco incontenible desde lo profundo de las lenguas que pronunciaron esa fórmula esotérica, y la han traído hasta nosotros a lo largo de los tiempos, en la lógica de Babel, ya no la torre, sino la de los libros, con su contundente significado en hebreo de «iré creando conforme hable»; en arameo, «yo creo o invento como hablo»; y en otras lenguas, incluido el castellano, asociado por los filólogos a la sabia sentencia de «envía tu fuego hasta el final».

Por Hernán Darío Correa
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