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Crónicas

Crear para la primera infancia: el viaje invisible de los artistas del Idartes

Detrás de cada experiencia artística del programa Nidos hay escucha, territorio y cientos de preguntas compartidas.  

Antes de que aparezcan las telas suspendidas, los sonidos del bosque, las luces de colores o los personajes que invitan al juego, Juliana, artista formadora del programa Nidos —del Instituto Distrital de las Artes - Idartes—, ya lleva varias semanas observando. Escucha cómo una niña se detiene a mirar una fila de hormigas durante una atención en la localidad de Ciudad Bolívar, cómo un niño pregunta por qué ya no vuelven las aves al barrio o cómo una familia recuerda el humedal que existía antes de los edificios. Ella no toma apuntes, pero se lleva las preguntas consigo. Porque en Nidos, arte en primera infancia, las experiencias artísticas casi nunca empiezan con respuestas.

Juliana, artista formadora del programa Nidos, sabe que crear para la primera infancia tiene poco que ver con llegar con una idea terminada. Más bien se parece a abrir una conversación. Las voces, los intereses y las necesidades de las niñas y los niños son el primer material de trabajo. Lo que les asombra, lo que les inquieta, lo que pronuncian y también lo que todavía no saben cómo nombrar, se convierte poco a poco en el punto de partida para imaginar una experiencia artística.

Pero la creación también habla de Juliana. De sus búsquedas como artista, de las preguntas que la acompañan y de las investigaciones que desarrolla desde el arte y la pedagogía. A veces llega interesada en el sonido del agua, otras veces en la memoria de los territorios o en la manera en que los cuerpos pequeños descubren el mundo. En algún momento, las preguntas de las niñas y los niños y las preguntas de la artista dejan de ser dos cosas distintas y empiezan a caminar juntas.

Ese encuentro ocurre además dentro de una gran conversación colectiva: la perspectiva artístico-pedagógica de Nidos. Allí viven los principios, los ejes y las investigaciones que durante años han construido el programa para pensar el arte dirigido a los primeros años de vida. No son recetas ni instrucciones; son una brújula compartida que orienta el diseño de las experiencias y ayuda a preguntarse una y otra vez qué significa crear arte con y para la primera infancia.

También está el territorio, un espacio que debe ser recorrido por Juliana para entender los contextos. Allí, el árbol que crece frente al jardín, la montaña que se ve desde la ventana, el mercado del barrio, las aves del humedal o la vecina que las niñas y los niños se encuentran cada día en sus recorridos, pueden terminar siendo una inspiración. Todo lo que rodea la vida cotidiana se convierte en una puerta de entrada para la creación. Porque el arte, en Nidos, no llega desde afuera: nace de los lugares que las comunidades habitan y de las historias que allí ocurren.

 

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Aunque muchas veces las niñas y los niños solo ven a las artistas, que como Juliana, cantan, cuentan historias o transforman el espacio, detrás de cada experiencia hay muchas más personas acompañando el proceso. Los equipos de acompañamiento artístico territorial y de gestión territorial conversan, orientan, preguntan y ayudan a que las ideas encuentren su mejor forma. Crear en Nidos es un ejercicio profundamente colectivo: una trama de miradas, saberes y afectos que sostiene aquello que finalmente sucede frente a las niñas y los niños.

“Crear para la primera infancia exige una enorme sensibilidad y una profunda capacidad de escucha. En el Idartes entendemos que las niñas y los niños no son únicamente participantes de las experiencias artísticas: son también sus inspiradores, sus interlocutores y, muchas veces, sus coautores. El arte que nace de esa escucha tiene la capacidad de reconocer los territorios, fortalecer los vínculos y abrir nuevas formas de habitar el mundo”, afirma María Claudia Parias, directora del Idartes.

A su vez, crear en Nidos implica estar dispuesto a que lo imaginado se transforme. No todas las experiencias ocurren como fueron planeadas: a veces una niña llora, un niño propone otro juego, los materiales toman un camino inesperado o la conexión que se esperaba no aparece. En esos momentos, Juliana recuerda que la primera infancia no es un público que recibe una propuesta, sino un grupo de sujetos activos, con sus propias preguntas, lenguajes y maneras de habitar el mundo. Lo que parecía un resultado esperado se convierte entonces en una nueva oportunidad para escuchar, ajustar y volver a crear. Esa capacidad de dejarse sorprender es también parte del arte.

Después de cada encuentro queda otro momento fundamental: detenerse, observar y documentar lo vivido. Juliana registra las voces, los gestos, las transformaciones y los hallazgos que surgen en el territorio, porque cada experiencia cuenta algo sobre la manera en que las niñas y los niños de Bogotá sienten, imaginan y construyen sus realidades. En ese ejercicio, todos los artistas formadores hacen visible un trabajo que conecta la creación artística con la garantía de derechos culturales, el desarrollo integral y la apropiación de los territorios. Con un pie en el arte y otro en la comunidad, Juliana no solo crea experiencias: también ayuda a contarle a la ciudad quiénes son las niñas y los niños de la primera infancia que habitan y entienden la ciudad y todo lo que tienen por decir.

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