Bogotá volvió a latir al ritmo del Llano
Durante dos jornadas, más de 39 mil asistentes convirtieron la Plaza de Bolívar en un gran escenario para celebrar el joropo como patrimonio vivo. Entre zapateos improvisados, contrapunteos memorables y un diálogo permanente entre tradición y renovación, la quinta edición de Joropo al Parque confirmó que el corazón del Llano también late en Bogotá.
Al Festival asistieron familias enteras, parejas, jóvenes, adultos mayores y niños, muchos de ellos vestidos con camisas blancas, jeans, botas, pañuelos al cuello y, sobre todo, sombreros que parecían multiplicarse entre la multitud hasta dibujar un paisaje propio de los Llanos Orientales en pleno centro de la capital.
"Vine con mi mamá porque ella nació en Casanare, pero terminé siendo yo quien no quiso dejar de bailar. Este festival le recuerda a uno que la cultura también puede ser una fiesta", comentaba entre risas Laura Gómez, de 28 años, mientras acomodaba el ala de su sombrero.
Programación artística
La programación artística reflejó precisamente ese espíritu de encuentro. El sábado abrió espacio para las propuestas distritales, evidenciando que Bogotá también crea y transforma el joropo. Llano en Clave y Catalina Salcedo mostraron la solidez de una nueva generación de artistas comprometidos con la tradición, mientras Valentino Caroprese sorprendió al trasladar el lenguaje del joropo al piano, ampliando las posibilidades sonoras del género.
Más adelante, el maestro José "Cheo" Hurtado junto a Cuatro Arpas y un Cuatro tendió un puente entre Colombia y Venezuela. El proyecto reunió a reconocidos intérpretes, compositores, productores e investigadores, entre ellos los arpistas Darío Robayo, Abdul Farfán, William Macualo y Yesid Castro, José “Cheo” Hurtado en el cuatro, Ricardo Zapata en el bajo y Diego Alejandro Hernández Ramírez en las maracas. Cada uno aportó una amplia trayectoria artística y pedagógica, consolidando un ensamble de alto nivel que reflejó el diálogo cultural entre ambos países y reafirmó la vigencia, versatilidad y capacidad de innovación de la música llanera.
Luego, Cabrestero ofreció un espectáculo de gran formato donde la música, el baile y la puesta en escena dialogaron con una fuerza visual pocas veces vista. El cierre de la jornada estuvo marcado por la voz recia y la trayectoria de Armando Martínez, uno de los grandes referentes del folclor venezolano, quien interpretó sus clásicos Déjate querer, Ninguno te querrá igual, El gabán coleador y Cuando deje de colear.
El domingo mantuvo la intensidad desde las primeras horas de la tarde. Las propuestas distritales continuaron demostrando la riqueza del talento bogotano con El Arpa en Tradición, Libardo Olarte y Araguaney, la agrupación de Luis Moreno, MusicalBooz y Lizeth Vega, artistas que evidenciaron la diversidad de formatos y apuestas contemporáneas que hoy enriquecen el folclor llanero.
A ellos se sumaron referentes nacionales como Víctor Julio Rojas y el emotivo cierre de Bandolas del Llano Adentro, una propuesta que puso en primer plano el valor de las familias portadoras de la tradición y los cantos de trabajo de llano.
Momento destacado
En las dos jornadas, cuando comenzó el duelo de contrapunteo Versos sin Fronteras, el tiempo adquirió otra velocidad. No eran canciones, eran palabras lanzadas al aire con la precisión de una flecha.
Un coplero respondía al otro sin apenas concederse un segundo para pensar. Cada verso encontraba otro verso. Cada ocurrencia provocaba una carcajada, un aplauso o un silencio de admiración. Colombia y Venezuela dejaron de ser dos países para convertirse en una sola geografía de la palabra improvisada. Allí estaban condensados siglos de memoria oral, refranes aprendidos en las sabanas, historias heredadas y una inteligencia capaz de convertir el lenguaje en espectáculo. Más que un duelo, aquello parecía una conversación antigua que el público tenía el privilegio de presenciar.
Fue, sin duda, uno de los instantes más emocionantes del festival y una demostración de que la oralidad sigue siendo uno de los pilares fundamentales de la cultura llanera.
"Yo había venido por la música, pero el contrapunteo fue lo que más me sorprendió. No imaginaba que alguien pudiera improvisar con esa rapidez y decir tantas cosas en un solo verso", decía Andrés Hernández, un asistente que llegó desde Soacha para vivir por primera vez el festival.
Más allá de los conciertos, Joropo al Parque volvió a demostrar que un festival también puede ser un espacio para conocer, aprender y encontrarse. El encuentro académico del 10 de julio, protagonizado por el maestro Cheo Hurtado, permitió reflexionar sobre la tradición musical llanera y sus lenguajes.
Entre tanto, durante el evento, la Zona de Arte y Emprendimiento reunió iniciativas bogotanas dedicadas a la moda, la joyería, la marroquinería y las artesanías, fortaleciendo la circulación de bienes culturales y ampliando la experiencia del público. Como resultado los 11 emprendedores obtuvieron ganancias por $18.384.750.
A ello se sumó el componente de sostenibilidad ambiental, que reafirmó el compromiso del festival con la construcción de eventos culturales responsables.
De esta manera, la quinta edición de Joropo al Parque no solo confirmó el creciente interés de la ciudad por las músicas de los Llanos; también reafirmó el papel de los Festivales al Parque como escenarios donde el patrimonio dialoga con el presente, donde las nuevas generaciones descubren tradiciones que parecían lejanas y donde la cultura demuestra, una vez más, que tiene el poder de reunir a miles de personas alrededor de una misma emoción. Durante dos días, Bogotá dejó de mirar hacia los Llanos: fue el Llano el que habitó, bailó y cantó en el centro mismo de la ciudad.
