En la montaña también se crea, se juega y se explora con Idartes
En la montaña también se crea, se juega y se explora con Idartes
Todavía no amanece del todo en la vereda Nazaret, en Sumapaz, y Sandra ya está despierta. Mientras calienta agua para el café y alista a Samuel, su hijo de tres años, mira por la ventana el frío que baja por la montaña. Aquí los días empiezan temprano: hay que caminar, cocinar, cuidar y, a veces, esperar que el clima permita salir. Pero hoy es distinto. Hoy vienen los artistas del programa Nidos, arte en primera infancia, del Instituto Distrital de las Artes - Idartes.
Samuel no entiende muy bien qué significa eso, pero reconoce los colores de las telas, las canciones y las voces que llegan cada cierto tiempo hasta la ruralidad. “¿Hoy sí vienen?”, pregunta mientras se pone las botas pantaneras. Sandra sonríe porque sabe que esas visitas rompen un poco la rutina de las familias que viven lejos del ruido de la ciudad, en lugares donde a veces solo llegan el viento, las vacas y uno que otro bus.
En Sumapaz las atenciones artísticas suelen ser reducidas. A veces llegan seis niños, otras veces nueve. En las veredas Nazaret, La Unión y San Juan, las experiencias ocurren en salones prestados, espacios comunitarios o rincones adaptados para jugar y crear. No siempre es fácil reunir a las familias: las distancias son largas, muchos padres trabajan todo el día y las cuidadoras terminan caminando con varios niños de la mano para que ninguno se quede sin participar.
Sandra también ha hecho eso. Más de una vez ha bajado acompañando no solo a Samuel, sino al hijo de una vecina y a la bebé de una prima. En estos territorios, cuidar casi siempre es una tarea compartida entre mujeres. Las mamás, las hermanas mayores, las abuelas o las vecinas se organizan para llegar juntas a los encuentros. “Vaya usted con los niños que yo le guardo el almuerzo”, se dicen entre ellas, mientras la montaña sigue su curso lento.
Cuando comienza la experiencia artística, el frío parece hacerse más pequeño. Los artistas de Nidos extienden telas en el piso, aparecen sonidos suaves y objetos que despiertan la curiosidad. Samuel corre detrás de una luz proyectada sobre la pared, luego se esconde debajo de una manta y termina riéndose con otros niños. Sandra lo mira desde una esquina. A veces participa tímida; otras, simplemente observa. Pero siempre vuelve distinta. “Uno también descansa un poquito acá”, piensa.

Transcurren alrededor de dos horas, y ya se va cerrando la experiencia, “Tómense de las manos y terminamos con una canción” propone el artista a cargo de la experiencia, quien, caracterizado por un personaje del espacio, se acerca a las niñas, los niños y cuidadores y les susurra al oído con un acento extraño. Todos corren, y en medio de sonrisas se toman de la mano de su compañero más cercano o de aquel con quién han creado una mayor relación durante la jornada. Las mamás y cuidadores, también se acercan de forma más lenta y con una ronda sencilla pero especial, se despiden unos de otros con la promesa de volverse a encontrar cuando de nuevo la montaña, el clima y los afanes de la vida, se los permita.
Uno a uno van saliendo de ese espacio que por un momento, se convierte en un planeta extraño, o quizá en la casa de un animal amigo o, mejor aún, en una nave espacial en la que viajaban a través de la imaginación y el juego, traspasando todas las fronteras de la realidad en la que viven. Y ahí, quizá en medio de la niebla que baja del páramo, se van diluyendo las siluetas de todos los que acompañaron y vivieron este día.
“Llegar a las zonas rurales de Bogotá con experiencias artísticas para la primera infancia es reconocer que las niñas y los niños tienen derecho al arte sin importar dónde viven. Estos encuentros no solo acompañan su desarrollo y su imaginación, también fortalecen los vínculos comunitarios y les recuerdan a las familias que la cultura y el cuidado pueden transformar la vida cotidiana”, afirma María Claudia Parias, directora del Idartes.
Algo parecido ocurre en otros lugares rurales de Bogotá. En Usme, las atenciones llegan hasta veredas como La Requina y Las Margaritas; en Ciudad Bolívar, en los sectores de Mochuelo Bajo y Pasquilla, los equipos trabajan con jardines, espacios comunitarios y asociaciones locales; y en Chorrillos, en la ruralidad de Suba, las experiencias han ocurrido incluso en tiendas de barrio, canchas de fútbol o salas prestadas por las familias. A veces llegan pocos niños, pero eso nunca ha detenido al programa. Porque en la ruralidad, cada encuentro cuenta.
