Jazz al Parque cerró su edición número 29 con una mirada latinoamericana y más de 34 mil asistentes
Entre instrumentos, artistas, libros, puestos de emprendimientos y grupos de amigos que buscaban un lugar desde donde escuchar, más de 34.000 personas pasaron por Jazz al Parque 2026, edición que hizo un recorrido por las distintas maneras en que el jazz se ha encontrado con las músicas latinoamericanas.
La programación reunió artistas de México, Cuba, Uruguay, Brasil, Colombia y Estados Unidos, además de ocho proyectos distritales, propuestas musicales que se fusionaron con samba, funk, afrobeat, entre otros.
Sábado: de Bogotá al Caribe y de Uruguay a Nueva York
El sábado comenzó con la presencia de los proyectos distritales. Entre ellos estuvo fatsO, el proyecto de Daniel Restrepo, cuya propuesta combina rock, jazz, música afroamericana y sonidos de la tradición colombiana. No era una presentación más para el músico: en 2013 había presentado allí su primer álbum, fatsO, y regresó al festival con una trayectoria que también lo ha llevado a circuitos internacionales de jazz en Europa y Estados Unidos.
La jornada fue avanzando entre distintas maneras de abordar la música. Madera Jazz llevó desde Medellín una propuesta joven que cruza el jazz contemporáneo con influencias latinoamericanas. Su participación marcó además su primera aparición en Jazz al Parque, como parte de la presencia de nuevas generaciones del jazz colombiano en la programación.
Desde Uruguay llegó una de las primeras conexiones con el repertorio latinoamericano de la jornada. Facundo Balta, conocido artísticamente como BALTA, se mueve entre el bossa nova, el trap, el vals, el bolero, el R&B y el candombe. Su raíz afrouruguaya y el swing candombero conviven en una propuesta que también incorpora la improvisación y los sonidos urbanos.
BALTA llegó además con material reciente. En abril había publicado Ayer dijiste mañana, un álbum de 12 canciones con colaboraciones de Rubén Rada y Jorge Drexler. En Jazz al parque presentó una propuesta que permite escuchar cómo una tradición como el candombe puede relacionarse con lenguajes contemporáneos sin perder su vínculo con la música de raíz.
La tarde también tuvo uno de los momentos más significativos para la historia del jazz colombiano. Ricardo Gallo Cuarteto celebró sus 20 años de trayectoria, una fecha que coincidió con las dos décadas de Los cerros testigos, álbum publicado en 2006 y asociado de manera estrecha con la relación del compositor y pianista con Bogotá.
Gallo ha desarrollado una trayectoria que se extiende por diferentes territorios y formatos, desde las músicas acústicas y electrónicas hasta proyectos para cine, danza, instalaciones y otros lenguajes. El cuarteto llegó al festival con una formación renovada y con Danzando sobre el polvo, un nuevo álbum que marca otra etapa del proyecto. El homenaje no se limitó a mirar hacia atrás: la celebración de los 20 años sirvió también para presentar el presente de una agrupación que ha mantenido la improvisación y la exploración como parte de su búsqueda.
El cierre de la jornada llevó la conversación hacia una escala internacional con Arturo O’Farrill, pianista y compositor que creció cerca de la tradición del jazz afrocubano de la mano de su padre, Chico O’Farrill. Esa historia familiar y musical está en la base de una carrera que ha conectado las raíces afrocubanas con el jazz desarrollado en Estados Unidos.
Domingo: nuevas generaciones, músicas de raíz y una fiesta afrocubana
El domingo retomó la programación con proyectos distritales como Libardo Cardozo, guitarrista, compositor y director musical cuya búsqueda se desarrolla entre el jazz contemporáneo, la improvisación y la composición. Su trayectoria, que incluye formación en Colombia y el Reino Unido, hizo parte de una jornada en la que las propuestas bogotanas compartieron escenario con invitados internacionales.
También estuvieron Masato y Maljazzviajante, dos agrupaciones nacidas en 2023 que representan diferentes búsquedas de músicos jóvenes de la ciudad. Masato trabaja desde la improvisación y la relación entre jazz y músicas latinoamericanas, mientras Maljazzviajante funciona como un laboratorio de creación que cruza jazz, repertorios de música clásica e improvisación generativa.
La programación colombiana tuvo otro de sus momentos con Domingo Sánchez y Territorio Gauta. El músico e investigador barranquillero trabaja sobre las tradiciones del Caribe colombiano y el jazz y ha desarrollado un instrumento propio a partir de elementos de la flauta traversa y la gaita. Su presentación mostró una de las búsquedas más particulares de la edición: no incorporar simplemente un instrumento tradicional al jazz, sino investigar sus posibilidades y construir a partir de ellas un lenguaje contemporáneo.
Brasil apareció en la programación con Uli Costa - AfroSambaJazz, proyecto que parte de la canción brasileña, las afro-sambas y el movimiento del samba jazz de los años sesenta y setenta. La propuesta puso en primer plano la relación entre la ancestralidad afrobrasileña, la riqueza armónica de la música brasileña y la improvisación.
Y luego llegó Tlapalería Don Chuy, desde Aguascalientes. La agrupación, que define su música como una “afro-mexi-fiesta”, cruza ritmos latinos con jazz, funk y afrobeat. El resultado se aparta de una escucha exclusivamente contemplativa y lleva la música hacia el baile, una posibilidad que también hizo parte de la diversidad de experiencias que ofreció el festival.
El domingo encontró uno de sus momentos de mayor energía con Cimafunk. El músico cubano Erik Alejandro Iglesias Rodríguez ha construido una propuesta en la que los ritmos afrocubanos dialogan con el funk y otros sonidos contemporáneos. Con Cimafunk y La Tribu, su música ha circulado por escenarios internacionales y ha encontrado una manera de acercar las tradiciones de la música afrocaribeña a públicos de distintas generaciones.
En Bogotá, además, se presentó por primera vez en Colombia con La Tribu. Su concierto llevó al escenario una propuesta basada en el ritmo, el funk y las raíces afrocubanas, pero también en una manera de entender el espectáculo que establece una relación directa con quienes están frente al escenario.
El festival también ocurrió alrededor de los escenarios
Mientras la programación musical avanzaba, el Parque El Country ofreció otros recorridos. En la Zona de Arte y Emprendimiento estuvieron 29 iniciativas: 19 seleccionadas mediante Invitación Cultural y 10 de la estrategia Hecho en Bogotá. Allí convivieron propuestas de ilustración, diseño gráfico, fotografía, moda, joyería, artesanía, publicaciones, papelería, discos y vinilos.
La zona también abrió espacio a procesos con una dimensión social y comunitaria, como la carpa Manos que construyen paz, la participación del IDIPRON, la Ruta de Fortalecimiento Artesanal y proyectos vinculados a El Castillo de las Artes.
La experiencia se extendió hacia la literatura y Arte a la KY, ampliando las posibilidades de acercarse al festival más allá de los conciertos.
También estuvo EcoFestivales, con acciones orientadas a la separación de residuos, el consumo responsable y el cuidado de los espacios. La Escuela EcoFestivales y el EcoCrew llevaron estas prácticas a distintos puntos del parque.
Un parque compartido
Pero el balance de Jazz al Parque también se podía leer en las personas que ocuparon el césped, las zonas de circulación y los alrededores de los escenarios. Había quienes llegaron con el programa del día revisado y quienes se dejaron llevar por la siguiente presentación. Grupos de amigos que conversaban mientras sonaba una banda, parejas sentadas en el césped, familias que alternaban entre los conciertos y las otras actividades del parque.
En algunos puntos, los niños jugaban mientras sus padres escuchaban. En otros, varias generaciones compartían una misma presentación: alguien que había llegado por el jazz que conocía y otra persona que estaba descubriendo una música distinta. Esa convivencia también hizo visible la amplitud de públicos que puede reunir un festival gratuito cuando la programación permite entrar por diferentes puertas.
Más de 34.000 personas pasaron por el Parque El Country durante las dos jornadas. Algunas llegaron por Arturo O’Farrill, Cimafunk, BALTA o Ricardo Gallo; otras por las propuestas distritales, por la curiosidad de escuchar algo nuevo, por los emprendimientos, los libros o simplemente por encontrarse con amigos en el parque.
Al final, el mapa latinoamericano que propuso esta edición no quedó únicamente en los nombres del cartel. También apareció en las distintas formas de escuchar, bailar, conversar y compartir un espacio público alrededor de la música.
