Labio de liebre, cinco años mutilando la indiferencia
La obra abrió el Festival de Teatro de Bogotá en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán el pasado 9 de octubre.
Festival de Teatro de Bogotá
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El humor ha acompañado al pueblo colombiano por años, ha sido la forma de evitar la esquizofrenia colectiva y de resistir ante tantas malas noticias. Lo hemos encontrado como el salvador, y hasta nos juramos el país más feliz del mundo. La obra de Fabio Rubiano y el grupo de Teatro Petra sabe utilizarlo con las pizcas necesarias para sacudir. Se trata de una radiografía de un país infame, de enemigos sin sentido.

Por momentos recordaba escenas de Pícnic en el campo de batalla de Fernando Arrabal, guerras que cobran vidas por montones. Labio de liebre es un grito en medio del ruido que termina dejando sin aliento a cualquier espectador.

Una familia que pide explicaciones a su verdugo, cifras que quieren dejar de ser desaparecidos y N.Ns. La derrota de un país que mata a sus hijos invisibles para que luego existan en el conteo de cuerpos de guerras que se ganan encontrando chivos expiatorios, justificando barbaries y aplaudiendo al político cruel.

La crudeza del horror. El arte que duele, que revienta por dentro y que escupe en la cara. El teatro que rompe, que arde, que quema. Es casi imposible vivir en Colombia y no tener resquicios de la violencia, haber visto o sentido el miedo. Así que la identificación es inmediata. El público ríe con temor de estar siendo cómplice, y rompe en llanto cuando se ve incapaz de soportar las sórdidas imágenes.

Un martillazo a la cómoda posición de ver muertos útiles, al desprecio por una sociedad que no conoce los nombres de sus muertos, que no reconoce lo infame de la sangre en los ríos y en los pueblos. Es un homenaje a quienes nunca han tenido voz, un universo donde la justicia es dejar tranquilo a los pueblos. Donde con la memoria comienza la vida y se gesta el perdón. Una obra que nos hace recordar que toda bala es perdida.

Salvo Castello, el sanguinario protagonista, tiene todo de colombiano, de ese que nos negamos a ver. Arribista, machista, cruel y desdibujado de humanidad. Ese que nos pertenece por antonomasia pero que preferimos camuflar entre ferias y fiestas, ese que quiere salir mientras posamos de buenos samaritanos y ‘echados para adelante’.

Y un grupo de víctimas provocadoras que transitan entre el perdón y la venganza. Llenas de contradicciones. Muertos que odian y aborrecen, cargados de sus propios dramas. Con la valentía suficiente para exigir no ser hechos aislados, manzanas podridas, males necesarios, ni buenos muertos.

Una pieza con humor negro pero que no es un teatro que de respuestas. Todo lo contrario. Nos deja preguntas que duelen. Lo que vemos allí odiosamente no se acerca a la realidad. A esa que se cuenta por millones: madres que buscan aún un cadáver para llorar, hermanos que quieren venganza, victimarios que siguen siendo héroes para las masas.

La historia termina con un espectador conflictuado, ahogado de impotencia, con ganas de ver este tipo de teatro una y otra vez. Gracias al Festival de Teatro de Bogotá y la Alcaldía de Bogotá por el homenaje a un grupo de teatro que si bien tiene contenido necesario conectado con el postconflicto del país, también es coherente con la curiosidad del arte, y con el drama como máxima de las tablas.

 

 

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